
HOMENAJE A DELIBES
De pocos novelistas se ha dicho que tienen una facilidad especial para contar historias: Cervantes, Miguel Ángel Asturias, García Márquez, Cela, Borges, Octavio Paz… Uno de ellos, sin duda, fue Miguel Delibes. Al recibir de mi hija la noticia, el pasado viernes, de que había muerto a los 83 años, le dije que se nos había ido el narrador de nuestras historias. Después decidí hacerle mi pequeño homenaje, casi me lo pidió ella, con la que tantas veces he hablado de él.
Lo descubrí cuando estudiaba el bachillerato (y no hice el BUP). Por casualidad, cuando habían terminado los exámenes trimestrales, me acerqué a la biblioteca del centro donde estudiaba para buscar algo que leer, y elegí “El camino”, que alguien me recomendó en aquel momento. Me lo leí de un tirón, en dos o tres tardes. Por la mañana no podía, porque teníamos clases.
Me sentí identificado con la historia de aquella pequeña pandilla: tuve que salir del pueblo para estudiar en Badajoz a los once años (como el Mochuelo), sin saber muy bien por qué lo hacía; tenía también un amigo fortachón que nos defendía a todos y que nunca acabaría sus estudios (como el Moñigo); y se nos murió un amigo en un accidente durante uno de nuestros juegos habituales (como el Tiñoso). Me enamoré de una niña mayor que yo y a la que nunca fui capaz de decir nada, y tuve una Mariuca-Uca detrás de mí, a la que odiaba porque no me dejaba tranquilo, pero que, después, fue mi mejor amiga y confidente. La pena es que nuestros distintos amores acabaran por separarnos definitivamente.
Mi padre, como el quesero, también era cazador y, en las salidas a cazar con él, sufrí de los accidentes de caza cotidianos, aunque no fueron, en este caso, por sus disparos, sino por los de otros cazadores que nos acompañaban. El caso es que acabé como secretario, no de un señorito Iván, sino de mi maestro (al que gustaba muchísimo “Diario de un cazador”), quien convenció a mi padre para que me mandase a estudiar fuera y quien me consiguió la beca para que lo hiciese. ¡Cómo me identifiqué, años más tarde, con Paco el de la Régula, cuando en la Facultad, en Cáceres, leía “Los santos inocentes”! No me interesaba la denuncia social que hacía Delibes en la obra, sino mi oficio de secretario de un cazador.
Cuando por fin fui profesor de Lengua y Literatura Española en un colegio de Madrid, quise llevar a las manos de mis alumnos de 7º de EGB (hoy 1º de ESO) una historia bien contada y propia de su edad. Por eso elegí “El camino”, que me dio muy buenos resultados. No es este el lugar de hablar de mis éxitos profesionales, sino del regalo que recibí de una de las madres de aquellos alumnos, también Licenciada en Filología Hispánica. El caso es que esta mujer conocía, por su hijo, algo de mis gustos literarios y, como se enterase de la muerte de mi madre, me regaló “Mujer de rojo sobre fondo gris”. Con su lectura volví a identificarme con la historia contada, pues los sentimientos del marido que perdía a su mujer eran semejantes a los que yo sentía por la pérdida de mi madre y que me sumían en la más profunda de las tristezas.
Otras obras, en cambio, me dejaron indiferente. ¡Cuidado! No las estoy criticando. Eran excelentes, por supuesto. Sólo digo que no me identifiqué con sus historias, aunque esté seguro de que otros lectores sí pudieron identificarse con ellas perfectamente, porque eran historias de nuestra España en las que yo no participaba.
Hablo de “Las guerras de nuestros antepasados”, elogiada por la crítica como una incursión en el realismo mágico que nos venía de América y que leí cuando todavía era estudiante de Filología; y de “El hereje”, que leí hace poco y que analicé como una incursión en la moda de la novela histórica. Lo malo es que, cuando la leí, ya estaba un poco harto de leer novelas de este género tan prolífico actualmente.
Algo distinto debo decir de la tan elogiada “Cinco horas con Mario” y de “El disputado voto del señor Cayo”. No me identifiqué con ellas porque nunca me ha gustado lo político-social. Pero reconozco que fueron novelas oportunas, como la mayoría de las suyas (sobre todo la segunda), atentas a lo que ocurre en España en cada momento. Leí la primera cuando me especializaba en Literatura Contemporánea Española y me interesó por el uso que el autor hizo del monólogo interior, y la segunda, durante la Transición democrática. Pero, repito, no me interesaron sus historias.
Y la última novela de que hablo, de perfecta estructura epistolar, es “Memorias de un sexagenario voluptuoso”. Seguramente no me ha interesado porque no he llegado todavía a esa edad. Ya llegaré dentro de diez años.
En fin, pido perdón por este pequeño homenaje, que no es de crítica literaria al uso (tampoco intentaba hacerlo). Necesitaba hablar de mí mismo y de mi experiencia con el escritor que nos ha dejado, al que admiro desde hace mucho tiempo. Cuando lo leía era como si me hablase. Lo he comparado muchas veces con ese amigo fiel al que ves de muy tarde en tarde por culpa de las ocupaciones que nos afanan actualmente. Y que, cuando lo ves, compartes con él una tarde, al calor de la chimenea en el pueblo, necesariamente por navidades. Y con él hablas largamente de todo, sobre todo, de los recuerdos vividos en común que son, en definitiva, nuestra experiencia de vida. Por eso, para mí, y para otros muchos, Delibes es el narrador de nuestras historias. Las contó magistralmente con un estilo que nos identifica.
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